Las migraciones internacionales son una realidad mundial
ineludible.
“Una tragedia de
proporciones épicas se está desarrollando en el Mediterráneo…instamos
enérgicamente a los dirigentes europeos a que antepongan la vida, los derechos
y la dignidad de las personas cuando lleguen a un acuerdo sobre la respuesta
conjunta a la crisis humanitaria en el Mediterráneo….Como principio
fundamental, la seguridad, la necesidad de protección y los derechos humanos de
todos los migrantes y refugiados deben ocupar el primer lugar de la respuesta
de la UE”, esta
declaración conjunta firmada por Peter Sutherland, Representante Especial del
Secretario General de la ONU para la Migración Internacional; William Lacy
Swing, Director General de la OIM; Antonio Guterres, de ACNUR; Zeid Ra’ad Al
Hussein, Alto Comisionado para los DDHH, dan cuenta de la gravedad de lo
sucedido con los migrantes africanos.
En términos cuantitativos esta tragedia humanitaria nos revela
que el año pasado fueron más de 3.200 muertos y se estima que al menos 1.600
personas han fallecido en lo que va de 2015 al intentar cruzar el Mar
Mediterráneo, a través de rutas a menudo
controladas por las redes de tráfico ilegal. Pero con desesperanza nos
percatamos que la UE ha reaccionado de forma tibia y ambigua.
La migración del África sub Sahariana hacia Europa ocurre desde hace décadas y tiene como primer destino las costas de
Italia, España y Grecia, para desde allí ingresar a otros países del continente,
convirtiéndose en un problema crónico, complejo y que sigue sin solución. Las prácticas
xenófobas y racistas, tanto en el discurso político como en los medios de comunicación, también permea
a importantes sectores de la población europea.
Al respecto son categóricas las palabras del Papa Francisco,
quien expresó frente a la última tragedia de migrantes en el Mediterráneo, “Nuestro corazón soporta mal la muerte de
nuestros hermanos y hermanas, quienes se enfrentan a extenuantes viajes para
huir de los dramas, de la pobreza, de las guerras, de los conflictos, a menudo
vinculados a las políticas internacionales".
Sin duda que para las elites políticas, la migración es un
tema incomodo, ningún gobierno quiere parecer demasiado blando frente a esta
situación, aunque pueda haber voces más
progresistas con ideas abiertas a la migración, el costo político de comprometerse
con este tema es muy alto, de allí el silencio o la ambigüedad. El resultado es el surgimiento de partidos
populistas y xenófobos, que alcanzan peligrosos índices de aprobación
ciudadana.
A pesar que desde 2005, la Unión Europea (UE) puso en marcha
una Estrategia para África, basada en un enfoque de derechos humanos,
seguridad, crecimiento y reducción de la
pobreza, este plan no deja de ser una gran “hipocresía”, ya que lo que Europa
busca, es controlar el flujo migratorio masivo desde África. Si bien es cierto que Europa necesita mano de
obra barata, los peligros de una migración descontrolada, los hace desdeñar esa
opción.
Por eso que es urgente…”crear
canales suficientes para una migración segura y regular, que contemplen espacio
para trabajadores migrantes de baja cualificación y personas necesitadas de
reunificación familiar, al igual que el acceso a protección cuando sea
necesario, como alternativas seguras para que no tengan que recurrir a los
traficantes ilícitos de personas”, como lo manifiesta la citada
declaración.
En Chile no podemos evadir este tema, ya que somos un país
receptor de migrantes, que no hemos sabido asumir esa condición. Aún no tenemos
una Ley de Migraciones y reiteradamente escuchamos voces acusatorias de que la
ola migratoria que nos invade nos viene a quitar el trabajo, a producir
disturbios y propagar malas costumbres. Son nuestras expresiones criollas de racismo,
intolerancia y xenofobia. Así como
debemos condenar la tragedia de los migrantes africanos en Europa, debemos
igualmente condenar nuestras propias conductas infundadas y asumir que las
migraciones son un aporte a la cultura y al desarrollo.
Ronald Wilson

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